Celebración eucarística por los ochenta años de Kiko Argüello. Homilia Padre Mario

enero 14, 2019

Queridos hermanos:

En esta celebración de la Eucaristía damos gracias a Dios hoy por haber hecho nacer a Kiko hace ochenta años y al mismo tiempo recordamos con gratitud en la oración a su padre y a su madre que lo ha dado a luz.

Otro motivo de agradecimiento al Señor por haberlo dotado de tantos y diversos dones y por habernos dado a través de él, en colaboración con Carmen Hernández, el Camino Neocatecumenal, al cual todos nosotros aquí presentes somos deudores y agradecidos.

Los Padres de la Iglesia hablan del primer nacimiento, el natural, y de un segundo nacimiento que acontece en el bautismo, cuando la Iglesia nos acoge en su seno. Podemos decir que este segundo nacimiento, gracias al Camino Neocatecumenal, largo, gradual y progresivo, ha hecho emerger y crecer en todos nosotros las grandes riquezas y potencialidades de nuestro Bautismo, por el cual hemos sido regenerados “no de una semilla corruptible, sino inmortal, es decir de la Palabra de Dios viva y eterna”, en nuestras Comunidades (1Pt 1,23).

Ya el Papa Juan Pablo II en sus encuentros con las Comunidades Neocatecumenales de las Parroquias de Roma había hablado de esta semilla de vida eterna recibida en el Bautismo, como una semilla casi muerta en la vida de muchos cristianos, pero en el aula Pablo VI, en la audiencia concedida a los jóvenes del Camino en vista de la jornada mundial de la juventud en Denver, había subrayado con fuerza: “El Bautismo no es estático. Se registra en los libros parroquiales y basta. Pero no, no es estático, es dinámico: provoca precisamente un camino de la vida cristiana” (Roma 28 de Marzo de 1993). La característica dinámica del Bautismo, un tesoro escondido con posibilidades de desarrollo enorme para hacernos gustar desde ahora la vida eterna.

Nuestra presencia aquí hoy es una manifestación de gratitud a Dios y a Kiko por habernos hecho encontrar en nuestra vida LA FE, esta “perla preciosa escondida” que ha cambiado positivamente nuestra vida, sostenido y ayudados por los catequistas y por la acción de Dios en nuestra vida y en los hermanos de la comunidad.

Se cumple hoy en medio de nosotros la Palabra proclamada en la primera lectura de la primera carta de San Juan en la que se afirma: “Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios tiene por nosotros. Dios es amor. Quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios permanece en él” (1Jn 4,16).

Queridos hermanos, la raíz de la comunión profunda que nos une hoy en esta celebración está precisamente en el amor que Dios ha infundido en la vida de cada uno de nosotros, por lo que celebrar los ochenta años de Kiko es una alegría y una gratitud inmensa a él, a Carmen y al Señor en esta Eucaristía que celebramos.

También el Evangelio de Marcos que hemos proclamado se cumple hoy en medio de nosotros.

Hemos escuchado “Jesús obliga en seguida a sus discípulos a subir a la barca y a precederlo sobre la otra orilla”. También Kiko y Carmen, y luego todos nosotros, hemos sido atraídos por Jesucristo mediante el anuncio del Kerygma y hemos sido forzados a subir a la barca del Camino Neocatecumenal para pasar de etapa en etapa a la otra orilla, como nos ha hecho presente muchas veces Carmen, comenzando poco a poco a experimentar la presencia de Dios en nuestros corazones para alcanzar a contemplar el rostro de Dios en la vida eterna.

Pensando en Kiko, después de haber vivido casi cincuenta años junto a él, como él mismo ha testimoniado en su libro “Reflexiones”, he podido constatar cómo el carisma que Dios le ha dado, comunicándole un celo extraordinario que lo ha empujado a dar la propia vida día tras día siguiendo las indicaciones del Señor, ha experimentado al mismo tiempo la propia debilidad e inadecuidad frente a una misión que sentía superar con mucho sus fuerzas humanas.

Como los apóstoles en el Evangelio de hoy ha experimentado el miedo cuando olas amenazadoras agredían la barca del Camino Neocatecumenal. Acusaciones y calumnias, incomprensiones, aguas amenazadoras. Pero una y otra vez el Señor ha calmado las aguas, manifestando su presencia y dando su fuerza y consuelo.

Después de cincuenta años somos todos testigos de las maravillas que el Señor ha obrado en medio de nosotros y por eso junto a Kiko damos gracias al Señor en esta celebración de la Eucaristía.

No pudiendo alargarme más para no abusar de vuestra paciencia, quisiera solo aludir a la fecundidad apostólica en estos ochenta años de Kiko: las comunidades esparcidas en todo el mundo, el celo y la generosidad de los itinerantes, de las familias en misión, de los seminaristas y Presbíteros surgidos de los numerosos “Redemptoris Mater”, de las “Missio ad Gentes”, de las “Comunitates in Missionem”, por no hablar de la gran contribución a la renovación del Arte y de la Arquitectura Sacra en el espíritu del Concilio Vaticano II, como también en el campo de la música Sacra componiendo Himnos y Cantos y últimamente la Sinfonía dedicada al “Sufrimiento de los Inocentes”.

Para concluir querría invitaros a leer el discurso pronunciado por el cardenal Rouco en la presentación del libro de Kiko “Reflexiones” recientemente en Berlín.

Es el primer Discurso por parte de un excelente teólogo y Canonista, además de Arzobispo emérito de Madrid que siempre ha acompañado y sostenido a Kiko y Carmen con cercanía, amor y afecto. En este discurso el cardenal Rouco describe el ambiente social y eclesial durante los últimos años del Concilio Vaticano II en que el Señor ha inspirado a Kiko a través de la Virgen María, formar “comunidades que vivan en humildad, sencillez y alabanza. El otro es Cristo”. Inspiración profética que hoy vemos realizarse, gracias al apoyo del Papa Pablo VI, del Papa Juan Pablo I, del Papa Juan Pablo II, del Papa Benedicto XVI y del Papa Francisco que en la celebración solemne del 50º del camino neocatecumenal en Roma ha afirmado: “Queridos hermanos y hermanas, vuestro camino es una gracia grande de Dios para la Iglesia de nuestro tiempo”.

Por todo esto, unámonos ahora al Canto de acción de gracias (Eucaristía) de nuestro Señor Jesucristo, en comunión con toda la Iglesia.