Audiencia a los jóvenes del Camino Neocatecumenal 27-3-1988

S. Juan Pablo II

Domingo de Ramos – Roma, 27 de marzo de 1988

Unos diez mil jóvenes han participado en un encuentro promovido por el Camino Neocatecumenal. Reunidos durante toda la tarde del Domingo de Ramos en el Aula Pablo VI del Vaticano, han estado rezando mientras esperaban la llegada del Santo Padre. Después de veinte años de crisis profunda, están reapareciendo las vocaciones en la Iglesia Católica. Un síntoma de este proceso se vio ayer en el transcurso de un encuentro de doce mil cantores y jóvenes de las Comunidades Neocatecumenales con el Santo Padre que tuvo lugar en el Aula Pablo VI del Vaticano con motivo del Domingo de Ramos.

Mientras esperaban la visita del Santo Padre, Kiko Argüello, uno de los iniciadores del Camino Neocatecumenal, junto con Carmen Hernández y el Padre Mario Pezzi, han ensayado con los presentes los cantos para el Triduo y la Vigilia Pascual que los Neocatecúmenos celebran durante toda la noche y que sienten como eje de toda la espiritualidad bautismal. Después de la entrada del Santo Padre, una gran talla de madera de tamaño natural de Cristo crucificado, regalo de las comunidades de Ecuador, acompañada de los ramos de palma, ha sido portada por los seminaristas del seminario romano “Redemptoris Mater” y fue llevada en procesión para presidir la reunión. “Llevar al mundo a Cristo crucificado -ha dicho Kiko delante del Papa- es una buena noticia, no es un ejemplo de opresión o masoquismo. El mundo quiere suprimir hoy el crucifijo y vive aterrorizado frente a cualquier sufrimiento. Cristo ha abierto un camino a través de la muerte. Sufrimos porque no amamos al otro de este modo, donándonos totalmente al otro. ¿Es posible amar así? Sí, porque Él nos da su naturaleza, nos envía desde el cielo su Espíritu Santo que ha vencido la muerte y engendra la vida eterna en nosotros, una vida nueva que nos permite amar al otro más allá de la muerte, con todos los defectos del otro. Amarnos así es la felicidad. ¿Cómo no llevar este agua a este mundo desierto como es el mundo de hoy?
Kiko invitó después a aquellos que hubiesen sentido ya o que sintieran ahora la llamada al sacerdocio o a la vida contemplativa a levantarse. Sesenta y cinco jóvenes fueron a arrodillarse a los pies del Santo Padre: cuarenta chicos para entrar en el seminario y veinticinco chicas para entrar en conventos de clausura.

Es sorprendente ver este florecer de vocaciones. En los últimos tres años más de dos mil jóvenes, provenientes de las Comunidades Neocatecumenales, han entrado en diversos seminarios del mundo para prepararse al sacerdocio. En Roma se ha abierto un seminario diocesano, el “Redemptoris Mater’: para formar presbíteros para la Nueva Evangelización impulsada por Juan Pablo II. Estos futuros presbíteros, sin formar una congregación, sino partiendo de sus propias diócesis y sostenidos por sus comunidades concretas, partirán con las familias que han terminado el tiempo de formación catecumenal y que, por centenares, se han ofrecido para ir a evangelizar en las zonas más pobres y más descristianizadas del mundo. Cuarenta chicos y veinticinco chicas han sentido la llamada al sacerdocio y a la vida contemplativa y se han presentado delante del Santo Padre. Estas son las palabras del Papa:

«Hemos dado comienzo, hoy, con el Domingo de Ramos, a la Semana Santa y al mismo tiempo hemos celebrado la Tercera Jornada Mundial de la Juventud. Ésta, en la plaza de San Pedro, hemos celebrado la una y la otra. Estoy muy contento de encontrarme en medio de vosotros, jóvenes: de encontrarme cantando porque esta es una jornada de canto: “Pueri hebraeorum portantes ramos olivarum…” Conocemos bien esta antífona del Domingo de Ramos. Es una jornada para vosotros, jóvenes; para cantar: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Es una jornada caracterizada por el anuncio de los profetas. Pero sabemos bien que dentro de esta celebración exultante y alegre de las Palmas, la Iglesia nos lleva de la mano a la Pasión de Cristo. Esta alegría transitoria esconde y cubre en sí el misterio de la Pasión y de la Cruz como es el Misterio Pascual. En esta jornada vosotros os habéis reunido no sólo para cantar como los jóvenes de Jerusalén, sino también para descubrir la figura del crucificado, de Jesús, que está agonizante sobre la cruz. Habéis meditado y rezado. Entrando en el misterio del Domingo de Ramos, misterio de la Pasión de Cristo, de su Cruz y de su Resurrección, vosotros pensáis también en la Iglesia y en la misión de la Iglesia, porque Cristo está muerto en la cruz para dar la vida nueva a la humanidad.

La Iglesia, como dicen los Santos Padres, ha sido fundada, sobre todo, en el momento de su muerte; de su costado brotó nuestra salvación. Simbólicamente se abre una nueva realidad, una nueva misión divina que abraza a la humanidad. Nace la Iglesia, que como dice el Concilio Vaticano II, es “en Cristo como un sacramento… de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (L.G.1). Jesús preparó para este momento pascual a sus discípulos. De hecho, después de su resurrección, con las manos, los pies y el costado atravesados, se presentará a sus discípulos para darles el Espíritu Santo y para anunciarles la misión que les espera a ellos, a este nuevo Israel, del cual, los apóstoles, son el inicio y la prefiguración.

La Iglesia comienza así a cumplir su misión y se convierte en misionera. Si pensamos seriamente en el misterio pascual de Cristo, no podemos separar a la Iglesia de su misterio y de su misión. Vosotros, aquí, reflexionáis sobre la misión de la Iglesia en todo el mundo. Esta misión necesita misioneros, necesita apóstoles. Los misioneros continúan la misión de los apóstoles. El Concilio Vaticano II nos dice que toda la Iglesia es misionera por naturaleza. Misionera quiere decir apostólica; quiere decir enviada. Vosotros vivís este momento de la llamada y de la misión de la llamada y de la misión de la Iglesia que está compuesta de diversos carismas y ministerios. La única misión de la Iglesia emerge, sobre todo hoy, de la base del apostolado de los laicos. Pero para la Iglesia y para su misión hacen falta vocaciones sacerdotales y vocaciones religiosas. He visto aquí a algunos jóvenes que se han presentado espontáneamente para decir a esta asamblea: “Heme aquí, yo voy”. He pensado inmediatamente que este ofrecimiento no se puede hacer sino delante de Dios, pero si se hace delante de los hombres, se hace sobre todo delante de la familia. Vosotros sois una familia. Si estas decisiones se pueden hacer así, espontáneamente, bajo la fuerza del Espíritu, esto quiere decir que vosotros sois una familia. Si, de hecho, un chico o una chica se puede presentar delante de todos y decir a Cristo crucificado: “Heme aquí, soy tuyo”, quiere decir que Dios os ama, que Dios os llama. Soy muy consciente, profundamente consciente de la gracia de la vocación sacerdotal y de la vocación religiosa. Es una gracia para los llamados, pero, al mismo tiempo es una gracia para la comunidad, para la Iglesia, para su misión y para su consistencia.

Si la Iglesia, como nos recuerda el Concilio Vaticano II, es un pueblo sacerdotal, si todos los fieles tienen un sacerdocio en común, bautismal, entonces se puede ver la necesidad de aquellos que son llamados al sacerdocio para suscitar la conciencia del sacerdocio común de todos y para expresar esta característica sacerdotal de todos y luego para servir. El sacerdocio es un ministerio muy importante. Lo sabemos, incluso por la experiencia negativa y dolorosa de la falta de vocaciones sacerdotales y religiosas. La Iglesia no puede ser ella misma si no es aspirando a este Reino de los cielos, más aún, anticipando este Reino a los fieles ya desde aquí abajo, desde la tierra. Las personas, hombres y mujeres, deben ser capaces de seguir a Cristo pobre, a Cristo virgen, a Cristo obediente hasta la muerte. Se trata de las dimensiones fundamentales, esenciales, constitutivas de la Iglesia.

Cuando se tienen vocaciones sacerdotales y religiosas se tiene la prueba de la catolicidad de las Iglesias locales y de las parroquias, como también de las familias cristianas. Hubo una vez, y quizás también ahora, en que las familias se vanagloriaban de tener entre sus hijos y sus hijas sacerdotes y religiosas. La familia es la Iglesia doméstica, célula viva y vivificante de la Iglesia.

Os he dicho lo que tenía en el corazón. Estoy agradecido a los padres, a las familias y a las comunidades capaces de hacer crecer y madurar las vocaciones siempre y por todas partes. Estoy agradecido a vuestra familia y a vuestra comunidad que se preocupa de suscitar, hacer crecer y madurar las vocaciones. Nuestro Señor crucificado y resucitado bendiga esta obra vocacional de vuestra gran familia que crece de día en día. El Señor os de a todos una valerosa y profunda vocación cristiana; a los esposos, la vocación matrimonial, conyugal, familiar de los padres y educadores. A los que sienten dentro otra llamada, la capacidad de seguir la vocación sacerdotal o religiosa, acogiendo este don del Espíritu que viene siempre del corazón traspasado de Nuestro Salvador que está colgado en la cruz».