Audiencia privada a los catequistas itinerantes en la Sala Clementina 7-1-1982

S. Juan Pablo II

Roma, 7 de enero de 1982

El Santo Padre ha recibido en Audiencia a trescientos catequistas itinerantes de las Comunidades Neocatecumenales llegadas de 70 naciones.
Después de un canto, Kiko ha pronunciado las siguientes palabras:

«Queridísimo Padre:
Están aquí presentes 300 catequistas itinerantes de las Comunidades Neocatecumenales, que han fundado el Camino Neocatecumenal en 70 naciones; forman pequeños equipos de evangelización compuestos por un sacerdote y dos laicos, como una pequeña comunidad, imagen de la Sagrada Familia de Nazaret, que ayudan en las parroquias a llevar la renovación del Concilio Vaticano II. Yo, Padre, quisiera presentar de una forma muy breve a los presbíteros itinerantes que han venido de todas las naciones, de Australia, de África, etc. Poneos en pie los presbíteros para que os vea el Santo Padre (se levantan los presbíteros). Los matrimonios, las familias que han vendido todos sus bienes, y con sus hijos parten para anunciar el Evangelio, para ayudar en las misiones de todo el mundo. Poneos en pie las familias con los niños (se levantan las familias con sus hijos). También están presentes las chicas célibes que han ofrecido su vida por el anuncio del Evangelio. Poneos en pie las chicas.
Por último los chicos jóvenes que han ofrecido su vida para anunciar el Evangelio; cinco de ellos han decidido últimamente irse al seminario (podéis sentaros).

También hemos visto, Padre, cómo en los lugares donde el Camino Neocatecumenal lleva más de diez años comienzan a surgir ya vocaciones. Estamos muy contentos. Este año en Italia se han levantado 57 jóvenes para ir al seminario y en España 42. Hemos estado reunidos 20 días cerca del Santuario de Loreto, reflexionando sobre lo que Dios está haciendo en las diferentes naciones donde estamos llevando adelante nuestro ministerio de evangelización. Hemos ido a ponernos a los pies de la Virgen María para confiarle nuestra misión y pedirle en la pequeña casa de Nazaret de Loreto que, siendo nuestra misión fundar pequeñas comunidades como la Sagrada Familia de Nazaret en la parroquias que vivan en humildad, sencillez y alabanza, nos ayude Ella a llevarla adelante.
Nuestro más grande deseo, que nosotros hemos pedido a la Virgen como un secreto, ha sido siempre poder traer un día a estos hermanos aquí, donde está Pedro, a la “Piedra” sobre la que Cristo ha querido fundar su Iglesia. Dado que estos hermanos deben hablar con tantos obispos en tantas naciones, que están montados sobre la “Merkabá” de Dios de la evangelización, he aquí que nosotros quisiéramos mostrar nuestra adhesión más profunda haciendo con usted una especie de gesto de adhesión. Yo les he preguntado antes: ¿Vosotros reconocéis que el obispo de Roma, Pedro, es la piedra sobre la que Cristo he edificado su Iglesia? Y todos han respondido que lo reconocen.

Después les he preguntado: ¿Prometéis obediencia y fidelidad a Pedro y a todos los obispos de la Iglesia que están en comunión con él? Y lo han prometido. Después les he preguntado si están dispuestos a ofrecer su vida para servir a la Iglesia, ayudando a llevar la renovación del Concilio Vaticano II a través de este Camino Neocatecumenal que estamos llevando adelante, que quiere renovar el Bautismo en los cristianos. Todos han dicho que sí. Por esto, Padre, yo quisiera en nombre de todos ellos, si me lo permite, arrodillarme delante de usted, y todos estos hermanos conmigo, como un pequeño gesto de adhesión completa a Pedro. Porque yo, Padre, les he dicho una cosa: a través de mi experiencia en tantas naciones y de los sufrimientos que he tenido, he entendido que Dios obedece a sus obispos. Dios mismo les obedece. Esto me ha impresionado tanto que he pensado: si Dios mismo les obedece, ¿cómo no les obedeceré yo y todos nosotros?

Entonces ahora quisiera ponerme de rodillas delante de usted».

(Kiko se acerca hasta el trono del Papa y se pone de rodillas, mientras tanto todos los itinerantes se arrodillan: el Papa le ofrece su mano para que la bese, y alzándose apoya la otra mano sobre la espalda de Kiko; después invita a todos a levantarse). A continuación el discurso del Papa:

«Amadísimos:
1. Me alegra sinceramente encontrarme hoy con vosotros, catequistas itinerantes que provenís de numerosas Comunidades Neocatecumenales, y deseo manifestaros mi complacencia junto con una palabra de estímulo para vuestra labor catequética, tan valiosa para la comunidad eclesial. Vosotros os proponéis vivir con plenitud el anuncio fundamental de la fe la buena noticia de que Jesús de Nazaret es el Hijo eterno de Dios, encarnado y resucitado para vuestra salvación: queréis asumir en profundidad la vinculación inseparable que existe entre la adhesión a este anuncio de vida y resurrección y la conversión interior continua que comporta cambio de mentalidad, de actitudes y comportamientos de egoísmo, cerrazón y autosuficiencia, para adquirir una perspectiva nueva y una nueva visión -precisamente la que se funda en el mensaje de Jesucristo- que exige apertura humilde hacia Dios y hacia todos los hermanos. En este camino de fe que presenta ciertamente etapas fatigosas y dificultades inevitables, os sostiene, consuela, ilumina y orienta la Palabra de Dios, la Sagrada Escritura, que debe ser profundizada, leída, meditada y estudiada con la convicción de que no es simplemente un libro, sino Dios mismo que habla, actúa, interpela, compromete e invita a una escucha atenta que lleve a la adhesión total a su voluntad. Y la Palabra de Dios, tanto la del Antiguo Testamento como la del Nuevo, os lleva a encontraros con Aquel de quien está llena la Escritura, con Jesucristo que, mediante la encarnación, “se ha unido en cierto modo a cada hombre (Gaudium el Spes. 22)”.

2. En vuestras reflexiones comunitarias habéis querido meditar sobre el valor basilar del sacramento del Bautismo en el itinerario espiritual del cristiano, y deseáis vivir de nuevo en vuestra vida de cristianos la experiencia compleja y rica que la Iglesia de los primeros siglos hacía recorrer a sus nuevos hijos. Sin caer en un fácil arqueologismo de formas, sed conscientes de que realizar la dimensión bautismal significa, sobre todo, tratar de captar en su mismo manantial la auténtica identidad del ser cristiano; es decir, vivir el cambio profundo habido en nuestra realidad humana al irrumpir en ella la gracia divina, al quedar convertidos en templos vivientes de la Santísima Trinidad, sarmientos de la vid que es Cristo, miembros del Cuerpo Místico, del Cristo total, o sea, de la Iglesia. Escribiendo sobre los maravillosos efectos sobrenaturales del Bautismo, se expresa así el obispo San Fulberto de Chartres: “Sabemos con certeza que siendo pecadores en el primer nacimiento, somos purificados en el segundo: esclavos en el primero, somos libres por obra del segundo; terrenos en el primero, somos celestiales a causa del segundo, carnales por culpa del primer nacimiento. Nos hacemos espirituales por la gracia del segundo; a causa de aquél, hijos de ira, y por éste hijos de la gracia, por tanto quien, ofende la dignidad del Bautismo, sepa que ofende al mismo Dios. Es pues una gracia de la doctrina de salvación conocer la profundidad del misterio. A la Virgen María os confío para que deis una aportación personal a la catequesis del Bautismo” (Ep. 5 PL 141, 198 s). Realizar la dimensión bautismal significa unirse íntimamente a Cristo en la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana y de toda la evangelización (cf. Lumen Gentium, 11; Presbyterorum Ordinis, 5); significa amar generosamente, concretamente, eficazmente a todos los hombres, en especial a los que son pobres o están necesitados espiritual o materialmente; significa reestructurar la propia vida moral en coherencia y conformidad con las promesas del Bautismo. Este camino, camino de la fe, camino del redescubrimiento del Bautismo -dije a vuestros amigos de la parroquia de los Mártires Canadienses de Roma- debe ser el camino del hombre nuevo; éste ve cuál es la proporción verdadera o, mejor, la desproporción de su entidad creada, de su carácter de creatura, respecto del Creador, de su majestad infinita, del Dios Redentor, del Dios Santo y Santificante, y trata de realizarse en esta perspectiva” (L ‘Osservatore Romano, edición en lengua española, 11 de enero de 1981, pág. 10).

3. En este período litúrgico de Navidad, los Evangelios de Mateo y Lucas nos presentan a algunas personas cuyo comportamiento con Jesús recién nacido es particularmente ejemplar para nosotros: los misteriosos magos con la riqueza de su cultura atenta y sensible a los signos de la trascendencia; los pobres pastores que guardaban su grey, prontos y obedientes al anuncio de los Ángeles; José, el hombre justo, que en el sueño estático está continuamente a la escucha de la voluntad del Eterno; y, sobre todo, María, la Virgen Madre que se confía enteramente a Dios, pronuncia el “fiat” y concibe en su seno al Hijo del Altísimo para ofrecerlo y darlo a los hombres. A Ella de modo especial, queridísimos hermanos y hermanas, os confío y también confío vuestra dedicación generosa, para que, en perfecta y concorde adhesión a la Iglesia, y siempre bajo la dirección pastoral de los obispos deis una aportación personal a la obra fundamental de la catequesis, actuando de manera que no transmitáis vuestra doctrina o la de otro maestro, sino “la enseñanza de Jesucristo, la Verdad que Él comunica o, más exactamente, la Verdad que Él es” (Catechesi Tradendae, 6).

Con estos deseos y en señal de mi afecto os imparto de corazón la Bendición Apostólica».