Visita a la parroquia de San Juan Evangelista de Spinaceto 18-11-1979

S. Juan Pablo II

Roma, 18 de noviembre de 1979 (*)

Particularmente intenso ha sido el coloquio que el Santo Padre ha tenido con los representantes de los grupos Neocatecumenales que viven su camino de fe junto a la gente de Spinaceto. También aquí, en San Juan Evangelista, como en la parroquia de San Lucas -visitada hace dos domingos por el Santo Padre- han sido los Neocatecúmenos de la parroquia de Mártires Canadienses quienes han introducido este camino de fe. Una familia de catequistas itinerantes: Giampiero Donnini con su mujer Ana y su hija Débora, han venido a Spinaceto para ayudar a esta comunidad, todavía en rodaje, a recorrer su camino del ser cristianos. Giampiero habló al Papa, ayer por la tarde, en nombre de todos:

«Santo Padre -exclamó-, estamos muy contentos y damos gracias al Señor por su presencia aquí. Porque estas comunidades, que están caminando desde el 74 en esta parroquia abriendo un camino de evangelización, como usted ha dicho en la exhortación apostólica “Catechesi Tradendae”. Están haciendo un doble servicio en el interior de la parroquia para que ésta pueda renovarse y pueda acoger a los alejados. Acoger, sobre todo, a los marxistas, a los ateos, a los drogadictos, a la gente que se encuentra, como usted ha dicho esta tarde en la homilía, desesperada, vacía, para la cual la vida no tiene sentido. Nosotros, Padre, estamos redescubriendo que Jesucristo está vivo y está resucitado; que se encuentra en su Iglesia con el poder de vencer en nosotros la muerte. Vemos, Padre, en nuestros matrimonios, que el Señor los ha reconstruido verdaderamente de la nada: estábamos divididos y el Señor nos ha dado el modo de comprender que la conversión, como usted ha recordado a los Cardenales en su reciente discurso, es la obra fundamental de la Iglesia: una conversión a la luz del Concilio Vaticano II.
Estamos trabajando para esto. Ayudamos a este párroco que nos llamó en el 74 para servir a la parroquia, para que ésta pueda prepararse a recibir a los alejados, a esta gente que no tiene ya ninguna esperanza y que nos pregunta el porqué de la vida. Para que puedan descubrir su Bautismo, para que puedan ver cómo no es solamente el registro anagráfico, sino la fuerza de Dios que nos regenera a una nueva vida, la vida de hijos, como usted tantas veces ha dicho.

Para nosotros, Padre, es una gran alegría el documento que ha publicado. Verdaderamente nos ha parecido un regalo del Espíritu Santo. Tanto que nuestros catequistas han pensado pedirle una Audiencia aquí, en Roma, para los 5.000 catequistas de adultos (800 de su diócesis) que están llevando adelante en las parroquias esta renovación. Para que el eco de este documento pueda llegar a los párrocos y no se pierda.
Otra cosa, Padre. Nos encontramos, como usted dice en el documento, en un servicio muy importante. La diócesis de Roma (damos gracias al Cardenal vicario) está llevando adelante las vocaciones itinerantes. Son más de 100 entre matrimonios con hijos, presbíteros, jóvenes, chicos, que están dedicando su vida al Evangelio en todo el mundo, para ayudar a las parroquias en esta renovación. En este momento es importantísima la liturgia, como momento de la catequesis y la evangelización. Porque, sin la liturgia, la evangelización queda muerta y la comunidad no crece. ¿Cómo hará una Iglesia para crecer sin la Eucaristía? ¿Cómo hará para crecer una Iglesia si no hay un momento en que podamos ponernos cara a Jesucristo y hagamos pascua con Él? Tener la posibilidad de que Él venga a levantarme de mi situación de muerte y de pecado y pasarme al Padre.
Por eso, Padre, necesitamos tener una Audiencia particular. Para presentarle esta experiencia de evangelización, para participarle nuestra alegría, para participarle también los problemas que inevitablemente se encuentran y para poder gozar de la comunión con usted y de su bendición».

Después de haber agradecido las palabras que le ha dirigido Giampiero, el Santo Padre ha querido subrayar el gran contenido espiritual y evangélico del trabajo desarrollado en este sentido en la parroquia.

“Debo deciros que aquí está un señor del Osservatore Romano que ha escrito todo lo que Vd. ha dicho y ahora escribirá todo lo que yo diga… y luego publicarán lo de los dos y pienso que si publican todo será, incluso, provechoso, un éxito, porque lo que ha dicho Ud. es justo, es bueno, es evangélico y nos consuela a todos nosotros, a mí mismo me consuela porque demuestra, todo lo que Ud. ha dicho, que la Iglesia en vuestra parroquia, y así en toda Roma, la Iglesia romana a través de vuestras comunidades, es una Iglesia viva y no solamente una realidad administrativa, aunque tiene grandísimas tradiciones, pero es una realidad viva”. “Esta realidad viviente se constituye a través de cada uno de nosotros cuando estamos iluminados por la gracia de la fe. La fe, muchos poseen la fe. Yo creo que son muy pocos en el mundo los que no tiene nada de fe. Algo tienen siempre. Pero existen grados de intensidad de fe, de sus raíces en nuestra personalidad. Entonces debemos conseguir que estas raíces de la fe, que se encuentran en nuestra personalidad, en nuestra conciencia, en nuestra alma, sean siempre más profundas. Es así como la fe construida en cada uno de nosotros, hecha fuerte en cada uno de nosotros, hecha consciente, personal, llega a ser apostólica. Yo creo que el sentido vital de vuestras Comunidades Neocatecumenales es ese.

El mismo nombre es bello: Comunidades Neocatecumenales. Porque este nombre nos hace pensar en los catecúmenos que se preparaban antiguamente al Bautismo y también por largo tiempo, por meses y por años, especialmente durante la cuaresma. Luego, preparados así, recibían el Bautismo con gran fervor y con grandísima alegría. Son las tradiciones del domingo “in albis”, el domingo blanco, donde se revestían de las túnicas catecumenales. Ahora esto nos falta en cierto sentido porque los cristianos son bautizados de pequeños, cuando tienen una semana o un mes. Falta un poco aquella institución de la Iglesia primitiva, aquella preparación que nos compromete con el Bautismo. El Bautismo se convierte en algo ya hecho, pero no madurado. Las Comunidades Neocatecumenales intentan completar eso que nos falta. Hombres y mujeres como vosotros, ya maduros, vuelven al momento de su Bautismo y hacen para vivirlo de nuevo, para preparar de nuevo lo que ya existe en cada uno de nosotros. Hemos sido bautizados, la realidad del Bautismo existe en cada uno de nosotros, pero hay que ver de nuevo qué es ese Bautismo, cuál es su verdadera dimensión, su dimensión sobrenatural, divina, sacramental, con todas su riquezas y con todas sus consecuencias. Pienso que éste es un buen camino.
Vosotros además lo hacéis en comunidad, lo vivís en comunidad.

No es un proceso solitario, es un proceso comunitario, un camino juntos. Vivís con la alegría de redescubrir el Bautismo, su verdadero significado juntos.
Y así el espíritu que anima a cada uno de nosotros se transmite a los otros y hay un intercambio de experiencias, de fervor, de alegría. Y todo esto se expresa también en vuestra oración y en vuestros cantos. Ciertamente para una parroquia esa comunidad, ese grupo es en verdad una levadura, porque, como usted ha dicho, verdaderamente hay muchos que han venido de lejos, pero también hay muchos que viven lejos, en sus diversas ideologías, en sus distintas preocupaciones.

Se necesita que otros, conscientes del significado de su Bautismo, vivan junto a ellos para llevarlos a comprender. También ellos, en su gran mayoría, son bautizados. Pero, una vez bautizados, su Bautismo está más o menos muerto. Se necesitan otros, coparroquianos suyos, que vengan y hagan revivir ese Bautismo en sus amigos y en sus vecinos. Eso es verdaderamente una levadura. Y la levadura debe fermentar la masa, como dice Cristo en el Evangelio. Bien, pensamos que puede escribir todo nuestro discurso… dejémoslo escribir en el Osservatore Romano.
Bien, una bendición con todo el corazón: a cada uno de vosotros, a vuestras familias y a vuestras comunidades. Que no sabemos si la Iglesia es la de la revolución, como muchos dicen allí, o si es anunciar a Jesucristo».

Antes de que el sacerdote hubiese acabado de hablar, el Papa dijo con voz fuerte y clara:
«¡Anunciad a Cristo solamente!

Te doy ya la respuesta: ¡Anunciad a Cristo! ¡A Cristo solamente!» (Un estruendoso aplauso subrayó las palabras del supremo Pastor) «Puedo añadir -continuó el Santo Padre- que no pasa un solo día sin que yo rece por esos países, sobre todo por los más atormentados, a los cuales sigo con amor y confianza. ¡Tenéis que saber -concluyó el Papa después de una breve pausa- que allí hay también una Madre muy fuerte!».